
Pero activistas de Nueva Jersey buscan ‘residencia legal’ para loros argentinos
La noticia apareció en el prestigioso diario hispano de Nueva York y hace referencia al problema que ocasionan en Edgewater, Nueva Jersey unos argentinos habladores y bochincheros como muchos de nuestros compatriotas. Estos argentinos, unos simpáticos loritos, llegaron hace más 30 años en un embarque desde Argentina al aeropuerto John F. Kennedy y, de un momento a otro, los 150 ejemplares de una particular especie de loros quedaron en libertad al romperse accidentalmente la jaula en que se encontraban. Así, sin pasar los controles, volaron hasta Nueva Jersey para establecerse en un pequeño pueblo donde ahora forman parte de su vida diaria.
Edgewater, de unos 9,600 habitantes, está ubicado a la altura del Upper West Side de Manhattan, pero al otro lado del río Hudson, en Nueva Jersey. Hasta allí llegaron estos ejemplares de “monk parrots”, con una mala fama de destruir las cosechas agrícolas y repitiendo tal vez algunas palabras en español y del lunfardo argentino.
Desde esa fecha, el año 1971, Nueva Jersey los colocó en una lista de “especie potencialmente peligrosa” y su existencia se hizo tan difícil como el de cualquier otro “inmigrante que se cuela burlando los controles”, según Alison Evans-Fragale, una residente de Edgewater que ha lanzado una campaña de protección de estas aves, que mantienen el segundo vocabulario más rico del mundo, superado únicamente por una especie procedente de África.
Aunque el número de estos ejemplares no ha variado mucho en los últimos 30 años, tampoco se han registrado hechos que reflejen la etiqueta de “peligrosos” que trajeron marcada. “Eso lo usaban los agricultores en Argentina con el fin de hacer un reclamo al seguro y conseguir dinero del gobierno”, explica Evans-Fragale. “Son monógamos, fieles a su pareja y mantienen cierta ‘consciencia’ en su reproducción”, nos dice la activista de Edgewater.
Pese a que actualmente sólo existirían unos cuantos ejemplares de los que originalmente llegaron —muchos ya han nacido en territorio americano— Fragale trata, según dice, de conseguir la “tarjeta de residencia” para aquellos que entraron “ilegalmente”.
Para Fragale, la característica especial que tiene Edgewater podría ser la causa de que estos loros argentinos se hayan establecido en este pueblo. “El agua cercana y el cerezo silvestre del que se alimentan pueden haber animado a estas aves a quedarse”, agrega la mujer, que el último sábado de cada mes dirige una visita guiada en el Parque de Veteranos de Edgewater para enseñar las bondades de los “monk parrots”, que tienen unos “primos” en el neoyorquino Brooklyn, los “Joisey Boids”.
Pero no todos aman estos loros. Debido a que construían sus nidos no sólo en los árboles sino también en los postes de electricidad, eran un serio problema para la empresa Public Service Electricity and Gas (PSE&G) cuyos técnicos tenían que realizar el mantenimiento y arrojaban al piso los nidos conteniendo huevos y pichones.
“Hace un par de años hubo un incendio en un transformador y se lo atribuyeron a los nidos. Eso los hizo enemigos de la empresa eléctrica”, relata Nancy Dickman, quien ha trabajado como repartidora de UPS en el área durante 21 años. “El resto de la gente los ama”, agrega la mujer, que lleva orgullosa en el interior de su camión una calcomanía con la leyenda “Edgewater ama las aves”.
Sin embargo, PSE&G sostiene que su política “es mantener un medio libre de accidentes donde nadie resulte herido”. Según la empresa, “los empleados de PSE&G, nuestro sindicato y líderes de la compañía están unidos en este compromiso de salud y seguridad”.
Pero para Fragale, el incendio que se produjo hace unos años fue producto un de rayo que cayó en un transformador y mató a los loros que tenían su nido allí. La activista dijo que han colocado una banda anaranjada en 22 postes eléctricos y esto ha evitado que vuelvan a construir allí sus nidos. “Ellos rechazan el color naranja”, nos explica Fragale.
La mujer, que administra una clínica del Citibank en Jersey City, prefiere hablar de los loros que de los postes.
“Como ningún otro loro éstos construyen nidos y son muy organizados: simulan tener una sala, un comedor, un dormitorio y hasta un lugar para ‘socializar’ con otros loros”, nos dice la activista, quien lucha para que se apruebe una ley estatal que saque a los “monk parrots” de la lista de “animales potencialmente peligrosos”.
“Algunos vecinos se quejan por el tremendo ruido que hacen, sobre todo en las mañanas”, explica Michael Fiore, administrador de la pizzería “Pizza on the Edge” frente al Parque de Veteranos, entre River Road y la Ruta 5. “Aquí teníamos pizzas especiales como la ‘parrot pie’ (pizza loro), que era verde con espárragos y broccoli”, agrega Fiore.
“La única queja que yo tengo es que me ensucian mi carro”, interrumpe un cliente del establecimiento que prefirió no ser identificado. “Pero ellos vinieron a Edgewater porque éste en un buen lugar para vivir”, explica George Prifti, otro cliente de la pizzería.
Al cruzar la calle, Michel Schotanus, administrador del restaurante Salsa Mexican Cantina, nos dice que ama a estos loros “desde que tenía 9 años de edad”. “Quienes los odia, agrega: “Son gente miserable que simplemente no ama a los animales, punto”. De forma similar se expresa Carol Duran, quien paseaba su perro por el lugar. “Son unas aves bellas, todos los residentes aman su sonido porque alegran el lugar”, dice.
Mientras, Fragale espera que se apruebe la ley estatal que protejería una especie “de la cual los humanos tenemos mucho qué aprender”.
La noticia apareció en el prestigioso diario hispano de Nueva York y hace referencia al problema que ocasionan en Edgewater, Nueva Jersey unos argentinos habladores y bochincheros como muchos de nuestros compatriotas. Estos argentinos, unos simpáticos loritos, llegaron hace más 30 años en un embarque desde Argentina al aeropuerto John F. Kennedy y, de un momento a otro, los 150 ejemplares de una particular especie de loros quedaron en libertad al romperse accidentalmente la jaula en que se encontraban. Así, sin pasar los controles, volaron hasta Nueva Jersey para establecerse en un pequeño pueblo donde ahora forman parte de su vida diaria.
Edgewater, de unos 9,600 habitantes, está ubicado a la altura del Upper West Side de Manhattan, pero al otro lado del río Hudson, en Nueva Jersey. Hasta allí llegaron estos ejemplares de “monk parrots”, con una mala fama de destruir las cosechas agrícolas y repitiendo tal vez algunas palabras en español y del lunfardo argentino.
Desde esa fecha, el año 1971, Nueva Jersey los colocó en una lista de “especie potencialmente peligrosa” y su existencia se hizo tan difícil como el de cualquier otro “inmigrante que se cuela burlando los controles”, según Alison Evans-Fragale, una residente de Edgewater que ha lanzado una campaña de protección de estas aves, que mantienen el segundo vocabulario más rico del mundo, superado únicamente por una especie procedente de África.
Aunque el número de estos ejemplares no ha variado mucho en los últimos 30 años, tampoco se han registrado hechos que reflejen la etiqueta de “peligrosos” que trajeron marcada. “Eso lo usaban los agricultores en Argentina con el fin de hacer un reclamo al seguro y conseguir dinero del gobierno”, explica Evans-Fragale. “Son monógamos, fieles a su pareja y mantienen cierta ‘consciencia’ en su reproducción”, nos dice la activista de Edgewater.
Pese a que actualmente sólo existirían unos cuantos ejemplares de los que originalmente llegaron —muchos ya han nacido en territorio americano— Fragale trata, según dice, de conseguir la “tarjeta de residencia” para aquellos que entraron “ilegalmente”.
Para Fragale, la característica especial que tiene Edgewater podría ser la causa de que estos loros argentinos se hayan establecido en este pueblo. “El agua cercana y el cerezo silvestre del que se alimentan pueden haber animado a estas aves a quedarse”, agrega la mujer, que el último sábado de cada mes dirige una visita guiada en el Parque de Veteranos de Edgewater para enseñar las bondades de los “monk parrots”, que tienen unos “primos” en el neoyorquino Brooklyn, los “Joisey Boids”.
Pero no todos aman estos loros. Debido a que construían sus nidos no sólo en los árboles sino también en los postes de electricidad, eran un serio problema para la empresa Public Service Electricity and Gas (PSE&G) cuyos técnicos tenían que realizar el mantenimiento y arrojaban al piso los nidos conteniendo huevos y pichones.
“Hace un par de años hubo un incendio en un transformador y se lo atribuyeron a los nidos. Eso los hizo enemigos de la empresa eléctrica”, relata Nancy Dickman, quien ha trabajado como repartidora de UPS en el área durante 21 años. “El resto de la gente los ama”, agrega la mujer, que lleva orgullosa en el interior de su camión una calcomanía con la leyenda “Edgewater ama las aves”.
Sin embargo, PSE&G sostiene que su política “es mantener un medio libre de accidentes donde nadie resulte herido”. Según la empresa, “los empleados de PSE&G, nuestro sindicato y líderes de la compañía están unidos en este compromiso de salud y seguridad”.
Pero para Fragale, el incendio que se produjo hace unos años fue producto un de rayo que cayó en un transformador y mató a los loros que tenían su nido allí. La activista dijo que han colocado una banda anaranjada en 22 postes eléctricos y esto ha evitado que vuelvan a construir allí sus nidos. “Ellos rechazan el color naranja”, nos explica Fragale.
La mujer, que administra una clínica del Citibank en Jersey City, prefiere hablar de los loros que de los postes.
“Como ningún otro loro éstos construyen nidos y son muy organizados: simulan tener una sala, un comedor, un dormitorio y hasta un lugar para ‘socializar’ con otros loros”, nos dice la activista, quien lucha para que se apruebe una ley estatal que saque a los “monk parrots” de la lista de “animales potencialmente peligrosos”.
“Algunos vecinos se quejan por el tremendo ruido que hacen, sobre todo en las mañanas”, explica Michael Fiore, administrador de la pizzería “Pizza on the Edge” frente al Parque de Veteranos, entre River Road y la Ruta 5. “Aquí teníamos pizzas especiales como la ‘parrot pie’ (pizza loro), que era verde con espárragos y broccoli”, agrega Fiore.
“La única queja que yo tengo es que me ensucian mi carro”, interrumpe un cliente del establecimiento que prefirió no ser identificado. “Pero ellos vinieron a Edgewater porque éste en un buen lugar para vivir”, explica George Prifti, otro cliente de la pizzería.
Al cruzar la calle, Michel Schotanus, administrador del restaurante Salsa Mexican Cantina, nos dice que ama a estos loros “desde que tenía 9 años de edad”. “Quienes los odia, agrega: “Son gente miserable que simplemente no ama a los animales, punto”. De forma similar se expresa Carol Duran, quien paseaba su perro por el lugar. “Son unas aves bellas, todos los residentes aman su sonido porque alegran el lugar”, dice.
Mientras, Fragale espera que se apruebe la ley estatal que protejería una especie “de la cual los humanos tenemos mucho qué aprender”.

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